Por Santiago Kovadloff
Para LA GACETA - BUENOS AIRES

En nada semejante a lo inmóvil, la quietud solo encuentra equivalencia en lo apacible. En la placidez que da vida a la contemplación. La quietud cautiva. Infunde sosiego al alma y a la mirada. En ella se despliega el suave encanto de lo que se nos entrega: el árbol que respira en la llanura, el animal que descansa echado en tierra, la calle desierta donde el silencio aflora, el arroyo que nos llama con su murmullo; todo, en suma, lo que invita a la serenidad.

Lo inerte sí es reverso del movimiento pero no lo es la quietud. En la quietud impera el apaciguamiento, la lentitud ganada, lo que mansamente va, no lo detenido. Así, el horizonte que gana los colores del atardecer o el pájaro que, tras el vuelo, alcanza la rama que lo ampara.

La quietud infunde nueva presencia al semblante de las cosas. Al igual que una revelación o un secreto compartido. En ella, el día y la noche saben brindar la intimidad que el apremio les arrebata.

En el campo es donde mejor se cosecha la quietud. Pero no todo ni en todo momento, la ciudad la desoye. Ese mismo sitio que el frenesí urbano sepulta en la irrelevancia puede, en otras horas, ofrecernos un portal, una vereda, un muro o un rumbo que se recortan como ofrendas en la placidez de la quietud.

La quietud también puede llegarnos a través de lo que oímos y no solo de lo que vemos. Rilke recuerda, en una de sus Elegías, el canto de una fuente bajo el sol del mediodía. O Vinicius en su Poema de Auteil, al evocar el silbido diáfano del ciclista en una calle dormida bajo la luz del mediodía.

La quietud también invita a reapropiarse de uno mismo, a recuperarse, a regresar a la moderación tras haberse entregado al vértigo de las redes y teléfonos, al sí lo escucho y dígame si me oye, al circuito implacable del apuro y los contactos que no toleran los aplazamientos.

Dejarse estar, dejar atrás la ansiedad, discernir y habitar el valor de esa nada que hacemos cuando no hacemos nada. Es mucho, muchísimo, lo que se es y lo que se hace cuando no se hace nada, cuando lo usual da lugar a la contemplación. La nada solo es negación en su versión más superficial. La nada está en verdad poblada de inmensidad, de intensidad, de insondable. De quietud recuperada. La nada es prima hermana de lo inútil, pues lo inútil solo en apariencia remite a lo estéril. Inútil es, por el contrario, lo que se ha liberado de sumisión al deber de servir. Lo inútil y la nada albergan un mundo. Y ese mundo nos acoge en la quietud. Ser y estar sin para qué es arte mayor.

El yoga que medita o el judío en su shabat; el imán que ora en su viernes o el cristiano en su plegaria dominical – ¿qué hacen sino implorar la quietud cuando no la habitan? El creyente, en esas horas, busca apaciguarse, envolverse en el sosiego que ampara y fortalece. La mirada de quien protagoniza un momento de quietud (y momento aquí significa mucho más que un instante), en nada se parece a la de quien se abstrae de sí mismo o de su entorno para perderse en el vacío o la distracción. Todo lo contrario. Al habitante de la quietud se le impone, más que nunca y más que a nadie, todo aquello que lo rodea. Lo alcanza en la quietud una iluminación privilegiada, lo absorbe en ella la intensidad de un contacto extremo consigo mismo y su entorno. Entrega y aprehensión confluyen en ese momento de paz; de comunión con lo que usualmente pasa desapercibido. No otra, creo, es la simiente que da origen a pinturas como la de Alfred Sisley o John Constable, paisajistas puros como a su modo lo fue también Paul Cézanne. En la quietud comulgan el contemplador y lo contemplado, así como el oyente y lo escuchado cuando la música los convoca. ¿Adónde nos llevan y de dónde provienen las Gymnopédies de Eric Satie? ¿De dónde extrae y adónde nos transporta Maurice Ravel cuando compone y brinda su Pavana para una infanta difunta? ¿Y Fréderick Chopin con sus preludios para piano? ¿Qué indecible serenidad lo inspiró? ¿Cómo agradecer lo que sus melodías hacen de nosotros?

Hay quietud en la lectura. En la evocación de un abrazo entrañable. Hay quietud en el desierto si se lo retrata como amorosamente lo hizo Théodore Monod. En la densa oscuridad del cielo en que fulguran, incontables, las estrellas hacia las que se alzan conmovidos nuestros ojos. En la tenue luz del día que empieza a amanecer. Hay quietud en los pasos que damos a orillas del mar cuando la playa se ha despoblado y las aguas parecen dormidas. En la espera sin horas del pescador hay quietud y en la tierna expresión del anciano que observa al niño que corre tras su pelota.

La quietud derrota al desvelo que agita con frecuencia el pensamiento sediento de certezas.

Quienes nos aproximamos a la muerte porque ya es mucha nuestra edad y el cuerpo suavemente la insinúa, conocemos, junto con la nostalgia anticipada por todo lo bueno que dejaremos al partir, la serenidad que nos infunde una vida cumplida. Esa paz de espíritu no es otra cosa que quietud ganada. La naturaleza vuelve a nosotros para decirnos, sin alzar la voz, sin tormento si no pesa en el cuerpo el paso de los años, que ya no puede habitarnos como ofrenda, que le toca ir diciéndonos adiós, después de haber sido, tanto tiempo, nuestra aliada. Ese adiós que ella nos invita a hacer nuestro, a convertirlo en una intensa y serena despedida en la que resplandece la emoción de haber sido uno por una única vez. Si la alegría fue posible, si alguna vez conocimos la emoción de un gran encuentro, si el estremecimiento del amor nos brindó alguna vez un nombre inolvidable, si nos bendijo el don de la amistad y si lo real, todo lo real, en lo que tiene de palpable y simultáneamente inverosímil, de finito e infinito, nos colmó de asombro un día, esa despedida, en suma, será un signo de paz y de quietud.

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PERFIL

Santiago Kovadloff es ensayista, poeta y traductor. Graduado en filosofía en la UBA, posee tres doctorados honoris causa, es profesor honorario de la Universidad Autónoma de Madrid y miembro del Comité Académico y Científico de la Universidad Ben Gurion del Neguev. Entre otros reconocimientos, recibió el Primer Premio Nacional de Literatura, la Orden del “Rei Dom Henrique o Navegante” del gobierno de Portugal, la Pluma de Honor de la Academia Nacional de Periodismo. Algunos de sus ensayos con El silencio primordial, Lo irremediable, La nueva ignorancia y La suma de los días. Hombre reunido presenta su poesía édita entre 1978 y 2016. Es vicepresidente de la Academia Argentina de Letras, miembro de número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro correspondiente de la Real Academia Española y de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Colabora en LA GACETA Literaria hace más de cuatro décadas.